La solidaridad, un principio de vida

El buen samaritano (Vincent Van Gogh, 1890)

Solidaridad viene del latín “solidus”, es decir, sólido, fuerte, que se adhiere a una misma causa. Con frecuencia se resalta el gesto de una de las partes y, al hacerlo, se está paradójicamente excluyendo de su propio enriquecimiento. El gesto unidireccional puede producir satisfacción, pero limita el potencial transformador en todas las partes.

En la parábola del Samaritano (Lc 10, 25-37) tenemos un buen ejemplo, pero lamentablemente con frecuencia solo miramos la acción unilateral, cuando en la parábola se nos muestra claramente no solo los gestos de este buen señor hacia el prójimo, sino también cómo él transforma su propio ser, llegando incluso a tener como herencia la vida eterna. Ser solidario no solo nos hace generosos, nos posibilita ser retroalimentados y engrandecidos por los otros y, curiosamente, en un potencial mayor cuando se trata de los más limitados y empobrecidos.

El compromiso por la vida

La ética de la persona solidaria lleva al reconocimiento en el otro de la dignidad personal, que el sujeto reclama para sí; abre el camino al respeto y al amor, incluso de los adversarios. La ética de la persona solidaria debe concretarse en el compromiso por la vida de todos, particularmente del pobre y de los enemigos. Y la vida de todos no es posible sin la solidaridad con el medio ambiente, que nos pone en una vivencia connatural y, por consiguiente, en armonía con nuestra Casa Común. La ética individualista de personas, empresas y de Estados, en su lógica depredadora y egoísta, está llevando a la humanidad y al planeta a un despeñadero irremediable.

“La solidaridad con el planeta es la posibilidad de futuro para las nuevas generaciones”

La solidaridad debe estar situada, no se hace de forma genérica y con declaraciones; debe hacerse de forma concreta e históricamente situada. Pasa hoy por el pobre, el pequeño, el explotado, el desplazado, el migrante, las minorías. Se hace mediante gestos concretos de amor; debe ser transformadora, creativa y audaz. La solidaridad debe buscar una vida digna para todos y, por ello, la lucha contra la injusticia y la inequidad. La solidaridad es escoger la vida, aunque ello implique el martirio. Recordemos a quien en América Latina llamamos san Romero de América, monseñor Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, quien fue asesinado en plena eucaristía el 24 de marzo de 1980. En pocos días será consagrado como un santo mártir, asesinado por su solidaridad con los más pobres, por su compromiso por la justicia y la verdad. Desde la Teología de la liberación se habla de tener una lectura militante del evangelio.

Una práxis del amor

La solidaridad es una praxis del amor. El auténtico amor debe ser continuo. Pueden llegar momentos de cansancio, de nubarrones que buscan que detengamos la marcha. Tenemos que reinventarnos, persistir, siempre estar de pie, aunque las rodillas nos empujen a detener la marcha. Ese proceso continuado de la solidaridad implica un mutuo dar y recibir. No nos privemos de recibir, cuando pensamos que solo estamos dando.

“La generosidad y la alegría son parientes de la solidaridad”

Siempre podemos más, si así lo queremos. Dar y construir hace posibles nuevos horizontes. Las semillas se pueden convertir en árboles frondosos. Las pequeñas experiencias de los sencillos nos señalan el camino y alimentan nuestra esperanza. Cuán grata es la solidaridad cuando la realizamos. Podemos sentir el gozo y la alegría desde el fondo de nuestras entrañas, aunque encontremos fracasos en el camino. Pero los caminos de la vida no están pavimentados, debemos construirlos con tesón, vencer los tropiezos. Así valen más.

Jaime H. Díaz A. PhD.

Corporación PODION, Nodo centro sur